Por Ubaldo Alvarez A ||

En la agitación de las campañas electorales, los candidatos se llenan la boca prometiendo un sinfín de mejoras, bienestar y avances para sus distritos. Es la danza tradicional de la política: palabras grandes, gestos más grandes aún, y promesas que suenan como música celestial para los oídos de los votantes. Sin embargo, una vez que el polvo de la campaña se asienta y los elegidos ocupan sus puestos, a menudo nos encontramos con una dolorosa realidad: muchas de esas promesas se desvanecen en el aire, dejando tras de sí una estela de decepción y descontento.

El compromiso de una gestión eficiente para lograr el desarrollo de los distritos es un estandarte que ondea en cada campaña electoral. Los alcaldes en ejercicio, aquellos que se enorgullecen de su experiencia y de su supuesta capacidad para liderar, hacen eco de estas promesas una y otra vez. Pero, ¿qué sucede cuando llega el momento de rendir cuentas?

La realidad, cruda y sin adornos, nos golpea con fuerza. Los proyectos de inversión, esos planes ambiciosos destinados a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y a impulsar el desarrollo local, languidecen en un limbo de ineficiencia y falta de ejecución. Es como si los alcaldes, una vez obtenido el voto de confianza de sus electores, se sumieran en un letargo burocrático del que les resulta imposible salir.

Tomemos, por ejemplo, el caso de la región Moquegua, donde la ejecución de proyectos de los gobiernos locales ha sido objeto de escrutinio en los medios de comunicación locales. Los números no mienten: el Presupuesto Institucional Modificado (PIM) y los montos devengados reflejan una realidad desoladora. La Municipalidad Distrital de Lloque y  Yunga demuestran un avance de más del 65% en la ejecución de sus proyectos. Sus esfuerzos incansables por impulsar el desarrollo local son resultados positivos e inevitables.

Municipalidades como la de Pacocha también muestran un avance sólido, superando el 50%, lo que indica que sus proyectos están en marcha y progresando adecuadamente. Es un ejemplo de cómo la buena gestión puede marcar la diferencia en el destino de una comunidad.

Sin embargo, no todo son buenas noticias. Municipalidades como San Cristóbal, Puquina, Quinistaquillas y Mariscal Nieto están rezagadas, con avances inferiores al 20%, lo que indica un preocupante estancamiento en la inversión municipal. Peor aún, los alcaldes de distritos como Torata, El Algarrobal, Chojata, Carumas y Ubinas muestran los menores porcentajes de avance, con menos del 15%, lo que sugiere que están experimentando dificultades significativas en la implementación de sus proyectos o enfrentando retos administrativos, técnicos u otros que obstaculizan el desembolso de los fondos destinados al desarrollo local.

La variabilidad en la ejecución del PIM entre los gobiernos locales de Moquegua pone de relieve una heterogeneidad preocupante en la gestión y en la capacidad de ejecución de los proyectos. Las entidades con menor rendimiento pueden necesitar apoyo adicional o revisión de sus procesos de gestión de proyectos para asegurar que los fondos asignados sean utilizados eficientemente y en el tiempo previsto. Es un llamado de atención para aquellos que han sido investidos con la responsabilidad de liderar y gestionar el destino de sus distritos.

La eficiencia en la ejecución de proyectos de inversión es crucial para el desarrollo de la infraestructura local y para satisfacer las necesidades de la comunidad de manera oportuna. Es una bendición para los habitantes de aquellas comunidades donde sus autoridades están comprometidas con el progreso y la mejora continua. Pero, por desgracia, es una sentencia de muerte para aquellos que se ven atrapados en la telaraña de la ineficacia y la negligencia.

Es hora de que los alcaldes asuman su responsabilidad y cumplan con los compromisos adquiridos con la población electoral de su jurisdicción. No podemos permitir que la apatía, la improvisación y la falta de liderazgo socaven el futuro de nuestras comunidades. Los ciudadanos merecen algo mejor, merecen alcaldes que estén verdaderamente comprometidos con su bienestar y dispuestos a trabajar incansablemente para hacer realidad sus promesas de campaña.

En última instancia, la verdadera medida del éxito de un alcalde no radica en las palabras grandilocuentes que pronuncia durante la campaña electoral, sino en las acciones concretas que emprende una vez en el cargo. Es hora de pasar de las promesas vacías a los resultados tangibles. Solo entonces podremos decir que estamos en el camino hacia un futuro más próspero y equitativo para todos.

Concluyo instando a los alcaldes a que tomen nota de estas reflexiones y asuman un compromiso real con el desarrollo y el bienestar de sus comunidades. El tiempo de las excusas ha llegado a su fin. Es hora de actuar.