Por Ubaldo Alvarez A ||

Confieso que cada vez son menos las cosas que me sorprenden de la política de nuestro país; aun así, hay episodios capaces de sacudir mi indignación. El llamado “Chifagate” es uno de ellos. No solo por lo pintoresco de la escena —un presidente interino con capucha, reunido en secreto con un empresario extranjero en un chifa— sino, sobre todo, por lo que revela en el fondo: una manera torcida de concebir el poder, la transparencia y el respeto por el país.

Como ciudadano, no puedo aceptar la explicación infantil que se nos quiso vender. ¿De verdad pretenden que creamos que una reunión clandestina, sin agenda oficial, sin registro y en un restaurante cualquiera, tenía como único fin organizar un evento de amistad peruano-china? A otro con ese hueso encapuchado. La política no se juzga solo por los actos, sino por los símbolos. Y aquí el símbolo es devastador.

Cuando un presidente —aunque sea interino— actúa como si estuviera escondiéndose, el mensaje es claro: hay algo que no quiere que veamos. ¿Desde cuándo los asuntos de Estado se discuten a escondidas y fuera de los canales institucionales? ¿Desde cuándo pedir perdón basta para cerrar un escándalo que compromete la dignidad presidencial?

No se trata de exagerar ni de hacer leña del árbol caído. Pero tampoco podemos seguir normalizando lo anormal. Pasar este episodio por agua tibia sería un error histórico. Si algo hemos aprendido en los últimos años es que la tolerancia ciudadana frente a la corrupción solo nos ha llevado a repetir el mismo círculo vicioso de crisis tras crisis.

Por eso sostengo que la Comisión de Fiscalización del Congreso y la Fiscalía de la Nación deben actuar de inmediato, sin cálculos políticos ni miedo al ruido mediático. Si existen indicios de tráfico de influencias, abuso de autoridad o cualquier delito contra la administración pública, corresponde investigar. No hacerlo sería abdicar de su responsabilidad.

Ahora bien, el problema no se agota en el presidente. El verdadero drama es sistémico. Vivimos en un país donde la vacancia presidencial ha dejado de ser una medida excepcional para convertirse en una herramienta cotidiana de lucha por el poder. Hoy se amenaza con vacar, mañana se negocia, pasado mañana se retrocede. Todo menos gobernar.

Con elecciones generales programadas para abril de 2026, este juego se vuelve aún más peligroso. ¿Queremos llegar a ese proceso con un país fracturado, desconfiado y exhausto? ¿Queremos que las reglas electorales se acomoden según la conveniencia de las bancadas de turno?

La izquierda parlamentaria, hay que decirlo con claridad, parece apostar al caos. Sin fuerza electoral suficiente, busca en la vacancia una puerta falsa para recuperar protagonismo político. No le alcanzan los votos, pero le sobra capacidad para generar escándalo, erosionar al Ejecutivo y empujar al país al borde del abismo. Su estrategia no es ganar elecciones, sino desgastarlas antes de que ocurran.

En este escenario, el centro y la derecha tienen una responsabilidad histórica. No porque sean inmaculados ni mucho menos, sino porque la estabilidad democrática hoy depende de que defiendan el calendario electoral, aun cuando el presidente no les resulte simpático o conveniente. La tentación del oportunismo puede ser grande, pero el costo para el país sería inmenso.
Mientras tanto, la ciudadanía observa con fastidio. Cada nuevo escándalo, cada maniobra parlamentaria, cada reunión sospechosa profundiza la desconfianza. La democracia no se destruye de un día para otro; se erosiona lentamente, con pequeños actos de irresponsabilidad que terminan por vaciar de contenido.

Desde mi perspectiva, el “Chifagate” no es una anécdota menor ni un simple error político: es una señal de alarma. Nos recuerda que seguimos atrapados en una crisis institucional donde el poder se ejerce sin pudor y se fiscaliza con cálculo. Si los demócratas no estamos unidos y a la altura del momento histórico que se avecina, seguiremos entregando el país a manos equivocadas. La pregunta ya no es qué más puede pasar, sino cuánto más estamos dispuestos a tolerar.
Foto: Trome