Por Ubaldo Alvarez A ||

Yo no sé en qué momento nos acostumbramos a que la tragedia tenga que tocar fondo para que recién aparezca la autoridad. De verdad no lo entiendo. Vivimos en la era de la revolución de la información y las comunicaciones: celulares inteligentes, internet en casi todos los distritos, mensajería instantánea, reportes en tiempo real… y aun así, el Gobierno Regional de Moquegua sigue “evaluando daños” como si estuviéramos en el siglo pasado, esperando que alguien llegue a caballo con un papel en la mano.

Yo mismo recorrí parte de las zonas afectadas en la provincia General Sánchez Cerro y lo que vi no fue una simple afectación: fue una escena de abandono. Carreteras destrozadas, tramos prácticamente intransitables, familias aisladas y lo más doloroso, la muerte de camélidos sudamericanos —alpacas y llamas— que no son solo animales: son el sustento, el ahorro, la vida de muchas familias altoandinas de Moquegua ¿Cómo se repara eso? ¿Con un informe técnico semanas después?

Me hago una pregunta que seguro muchos también se hacen: ¿para qué tenemos autoridades, planes de gestión de riesgos y presupuestos millonarios, si en la práctica todo se reduce a esperar que pase lo peor? Porque eso es lo que parece. Las lluvias no son un fenómeno sorpresa. No son un meteorito. Son un evento previsible, cíclico, anunciado todos los años. Entonces, ¿por qué cada temporada nos agarra como si fuera la primera vez?

Se nos dice que el gerente de Gestión de Riesgos, Richard Benavente, ha informado sobre daños en vías, muerte de camélidos, canales de riego colmatados, bocatomas afectados y erosión del río en el valle de Moquegua y alto Tambo. Todo eso es real. Nadie lo niega. Pero yo me pregunto: ¿la función de la gestión de riesgos es describir el desastre… o evitar que escale?

Los alcaldes distritales tienen celulares, internet, maquinaria, personal. Los municipios han pedido combustible para operar maquinaria pesada. El distrito de La Capilla, por ejemplo, ha solicitado apoyo para habilitar tramos bloqueados por derrumbes. Entonces, ¿qué está fallando? No es la tecnología. No es la información. Es algo más profundo: falta de articulación, falta de decisión y seamos claros, falta de liderazgo.

Porque cuando la autoridad actúa tarde, el mensaje que se envía es brutal: “resistan como puedan, ya veremos después”. Y eso, en zonas altoandinas donde la economía depende de la ganadería y la agricultura, es casi una sentencia. Las nevadas y granizadas no solo matan animales, matan ingresos, oportunidades y futuro. ¿Quién repone esa pérdida? ¿Un bono eventual? ¿Una visita protocolar? ¿Un informe de emergencia?

Mientras tanto, las municipalidades de la región Moquegua cuentan con un PIM de más de 566 millones de soles para obras públicas. Y yo me pregunto, con toda la franqueza del mundo: ¿de qué sirve tanto presupuesto si en una emergencia real las maquinarias no están en las zonas vulnerables, los planes de contingencia no se activan y las decisiones se quedan en el papel?

A veces siento que hemos normalizado que la autoridad se esconda cuando más se la necesita. Que mire desde su oficina, desde su “cobacha”, como dicen muchos pobladores, mientras la gente lucha con carreteras cortadas, animales muertos y cultivos en riesgo. Eso no es gestión pública. Eso es administración de excusas.

Y aquí surge otra pregunta incómoda: ¿qué ocurrirá en febrero, cuando llegue la etapa más intensa de las lluvias? Si ahora, con los daños ya a la vista, la respuesta es lenta y burocrática, ¿qué nos espera entonces? ¿Seguiremos contando pérdidas para recién reaccionar? ¿Permanecerán en interminables procesos de evaluación mientras la emergencia avanza? Es momento de actuar de inmediato, como verdaderos líderes.

Yo creo que el problema no es solo técnico, es moral. La gestión del riesgo no debería empezar cuando el desastre ya ocurrió, sino mucho antes, con prevención real, coordinación permanente y presencia en la zona. No basta con informes, comunicados o evaluaciones. La gente necesita ver maquinaria trabajando, autoridades en campo, decisiones rápidas.

Desde mi mirada, lo que está ocurriendo en Moquegua no es solo consecuencia de las lluvias, sino de una peligrosa costumbre: reaccionar tarde y mal ante lo que ya sabíamos que iba a pasar. La tecnología está, el presupuesto millonario existe y la información fluye; lo que falta es voluntad, articulación y sentido de urgencia. Si no cambiamos esa forma de actuar, cada temporada de lluvias seguirá siendo la misma historia: naturaleza previsible, autoridades ausentes y las comunidades pagando el precio. Y eso, sinceramente, ya no debería ser normal.