Diciembre siempre ha sido un mes especial para mí. Es el mes de la Navidad, de los regalos que iluminan los rostros de los niños, pero también del silencio que invita a mirar hacia atrás. Es tiempo de cierres, de balances sinceros y de esas preguntas que incomodan, pero que el corazón sabe que son necesarias. Diciembre de 2025 no es la excepción. Se cierran ciclos en la economía, en la política y en las familias, pero es en la educación donde estos cierres se sienten con mayor intensidad. Para miles de estudiantes, diciembre significa el final de un año escolar; para otros, marca el adiós definitivo a la secundaria, una etapa que deja huellas profundas. Y es justamente ahí donde siento que debemos detenernos, respirar y reflexionar con más humanidad y conciencia sobre lo que realmente estamos formando.
Como docente, siento que no basta con decir “felicitaciones” y entregar libretas y diplomas. Me preocupa que muchas veces el cierre del colegio se reduzca solo a la certificación de notas, cuando en realidad debería ser un momento de reflexión personal. Los estudiantes deberían hacerse preguntas simples, pero poderosas: ¿Qué aprendí y para qué me sirve? ¿Yo pasé por el colegio o el colegio pasó por mí? No se trata solo de recordar fórmulas o fechas históricas, sino de identificar qué aprendizajes van a acompañarlos fuera del aula, en la vida real.
Porque el colegio no es solo un espacio donde se enseñan contenidos o situaciones significativas, sino un lugar donde se aprende a convivir y a formarse como persona. En el aula se practican el respeto, la valoración de la diversidad cultural, la resolución de conflictos y la responsabilidad cotidiana, aprendizajes que no siempre se reflejan en una nota, pero que se fortalecen con competencias como la autonomía y el desenvolvimiento en entornos virtuales. Entonces, ¿estamos realmente valorando en los colegios aquello que más influye en cómo nuestros estudiantes actuarán en la sociedad?
Me pregunto, entonces, si nuestros estudiantes egresados pueden decir con honestidad: ¿El colegio me motivó a seguir aprendiendo? Vivimos en tiempos de cambios constantes, donde lo aprendido hoy puede quedar obsoleto mañana. Un colegio que cumple su misión no solo transmite conocimientos y valores, sino que despierta curiosidad y creatividad. Debería lograr que los estudiantes salgan con ganas de leer más, de investigar, de explorar nuevos intereses, de practicar un deporte, de aprender un oficio o de profundizar en aquello que realmente les apasiona.
Eso es, para mí, aprender a aprender. Descubrir cómo aprendemos mejor, probar distintas estrategias, equivocarnos sin miedo y corregir el rumbo. Porque equivocarse también es parte del aprendizaje y rendirse nunca debería ser una opción. El cierre del año escolar no debería entenderse como el final del aprendizaje, sino como el inicio de un proceso continuo y permanente.
Cuando un estudiante egresa, no debería llevarse únicamente conocimientos académicos, sino también herramientas para convivir, tomar decisiones informadas y responsables, y participar activamente en su comunidad desde las dimensiones política, social y cultural. En un mundo que cambia con rapidez, la ciudadanía activa y el aprendizaje permanente ya no son un lujo, sino una necesidad impostergable.
Aquí considero fundamental hacer un llamado a las familias. El egreso escolar es un momento clave para el diálogo en casa. Las familias deberían propiciar conversaciones sinceras sobre el proyecto de vida de sus hijos. ¿Qué quieren estudiar? ¿Dónde quieren formarse? ¿Qué opciones existen? Muchos jóvenes desconocen instituciones de educación superior, tanto técnicas como profesionales, y terminan tomando decisiones sin orientación clara. Una buena comunicación intrafamiliar puede marcar la diferencia entre una elección improvisada y un camino bien pensado.
Desde mi punto de vista, los egresados de secundaria deben asumir con responsabilidad el reto de la formación continua. No solo para obtener un título, sino para mejorar la calidad de la producción o del servicio que ofrecerán en las empresas y en la sociedad. El reto no termina al salir del colegio; por el contrario, recién comienza. Vivimos en un entorno competitivo que exige actualización permanente y compromiso con la excelencia.
En otras palabras, diciembre no debería ser solo el mes de los cierres, sino el mes de las preguntas que importan. Si logramos que los estudiantes reflexionen sobre lo aprendido, sobre cómo aprendieron y sobre hacia dónde quieren ir, entonces la escuela habrá cumplido una de sus funciones más importantes. Formar personas capaces de seguir aprendiendo toda la vida, incluso cuando el colegio ya quedó atrás.
Foto: Andina