Tras la reciente ceremonia por el 35 aniversario del Gobierno Regional de Arequipa, presidida por el gobernador Rohel Sánchez Sánchez, se reveló una vez más la desconexión evidente entre las expectativas ciudadanas y la realidad de una gestión que parece estar más preocupada por la retórica política que por los resultados tangibles. Este evento, que debió ser una oportunidad para informar y celebrar logros concretos, se convirtió en un símbolo de las deficiencias y la falta de avances reales.
Es decepcionante constatar que, de casi una hora de discurso, apenas un cuarto del tiempo se dedicó a temas realmente relevantes para la región. El resto fue consumido por formalidades y discursos genéricos que no ofrecieron nada nuevo ni relevante para los ciudadanos que esperan mejoras concretas en sus vidas cotidianas.
En los primeros minutos del discurso, el saludo a las autoridades fue seguido por un extenso análisis de la crisis moral que atraviesa la sociedad, un tema indudablemente importante pero que, tratándose de una ocasión de rendición de cuentas, pudo haberse abordado de manera más concisa y sin apartar la atención del objetivo principal.
Uno de los aspectos más cuestionados de este evento fue la actitud defensiva del gobernador regional, quien optó por responsabilizar al Gobierno Central por la falta de presupuesto para áreas críticas como la salud y la educación. Si bien es cierto que la descentralización enfrenta desafíos, cargar las culpas sin asumir responsabilidades propias solo refleja una falta de liderazgo y compromiso con la región.
Resulta especialmente preocupante que, tras 15 meses en el cargo, los logros destacados por el gobernador se limiten a la creación de subgerencias sin liderazgo establecido y a anuncios repetitivos sobre licencias electrónicas, cuya ejecución se ha retrasado desde el año pasado. Las promesas incumplidas y los proyectos estancados son una afrenta a la confianza de los ciudadanos y un indicador claro de la ineficacia administrativa.
En términos de seguridad, la falta de transparencia es aún más evidente. La adquisición de equipamiento policial y la capacitación de efectivos no pueden sustituir una estrategia integral y transparente de seguridad ciudadana. La omisión de detalles sobre compromisos pasados, como la compra de patrulleros, solo ahonda la sensación de desconfianza y falta de dirección clara.
La crítica más contundente vino del presidente del Consejo Regional, Fernando Cornejo, quien no solo lamentó el lento avance de las obras actuales, sino que también señaló la ausencia de proyectos emblemáticos de la actual gestión. La dependencia de iniciativas pasadas y la falta de visión propia no hacen sino resaltar las carencias de un gobierno regional que parece más interesado en mantener el status quo que en impulsar un verdadero progreso.
En resumen, a 15 meses del inicio de esta gestión, el balance es decepcionante. La retórica vacía ha sustituido a la acción transformadora, y los anuncios grandilocuentes no se traducen en mejoras palpables para la población. La falta de expedientes técnicos aprobados y el retraso en la ejecución de obras son síntomas claros de una administración que no logra cumplir con las expectativas mínimas de eficacia y transparencia.
Es fundamental que los líderes regionales asuman su responsabilidad y reconozcan los errores. La rendición de cuentas no es solo un requisito formal, sino un compromiso ético con los ciudadanos que confiaron en un cambio real. Espero sinceramente que esta reflexión crítica sirva como un llamado a la acción para el Gobierno Regional de Arequipa y que, en lugar de discursos vacíos, veamos avances concretos y un compromiso real con el desarrollo de nuestra región.