Por Ubaldo Alvarez A ||

Hay derrotas que se aceptan con dignidad y hay derrotas que desnudan la verdadera naturaleza de quienes decían defender al pueblo. Lo que estamos viendo alrededor de la cúpula de Juntos por el Perú no es simplemente una reacción electoral; es, a mi juicio, una radiografía política de algo mucho más profundo: la incapacidad de ciertos sectores para reconocer que la democracia también consiste en perder.

Creo que una organización política demuestra su compromiso democrático no cuando gana, sino cuando le toca aceptar un resultado adverso. Ganar es fácil de celebrar. Lo difícil es mirar a los ciudadanos a los ojos y decir: “No nos alcanzó, respetaremos el proceso y seguiremos participando dentro de la ley”. Pero cuando una dirigencia prefiere hablar de fraude, convocar movilizaciones, presionar instituciones y sembrar sospechas sin ofrecer pruebas contundentes ante la ciudadanía, entonces ya no estamos frente a una defensa del voto popular, sino frente a una estrategia de presión política. Y aquí surge la primera pregunta que todo peruano debería hacerse: ¿realmente están defendiendo el voto popular o están defendiendo su propia necesidad de poder?

Porque una cosa es exigir transparencia, algo totalmente legítimo en cualquier democracia. Nadie puede oponerse a que se revisen actas, se respeten plazos, se atiendan reclamos y se garantice limpieza electoral. Pero otra cosa muy distinta es convertir la palabra “transparencia” en una herramienta para desconocer todo aquello que no favorece al propio candidato. La democracia no puede funcionar si cada partido acepta las reglas solo cuando gana.

En las calles, en los mercados, en los taxis, en las conversaciones familiares, con razón se escucha una frase que resume el sentir de muchos ciudadanos: “De lo que nos salvamos”. Y esa frase no nace de la casualidad. Nace del cansancio. Nace de ver cómo algunos dirigentes políticos que durante años hablaron en nombre del pueblo terminan actuando como si el pueblo solo fuera válido cuando vota por ellos.

La izquierda radical suele presentarse como defensora de los humildes, de los trabajadores, de los olvidados. Pero, me pregunto: ¿qué defensa del pueblo existe cuando se promueve incertidumbre política que puede golpear el empleo, la inversión, el comercio y la tranquilidad diaria de millones de familias? El pequeño comerciante que abre su tienda a las seis de la mañana no vive de discursos ideológicos. Vive de estabilidad. El taxista no paga el combustible con arengas. La madre que vende menú no compra arroz con consignas. El trabajador independiente no necesita más caos; necesita orden, seguridad y reglas claras.

Por eso, amable lector considero que el gran problema no es solo Roberto Sánchez ni su entorno político. El problema es una forma de hacer política que se disfraza de causa popular, pero que en el fondo parece obsesionada con controlar el relato, presionar las instituciones y empujar al país hacia el conflicto permanente. Cuando una fuerza política pierde por la vía electoral, su obligación democrática es fiscalizar, sí, pero también reconocer los límites de la protesta y del reclamo. Protestar pacíficamente es un derecho; usar la protesta como amenaza política es otra cosa.

El Perú ya conoce demasiado bien las consecuencias de la inestabilidad. Hemos visto presidentes caer, congresos enfrentarse, gabinetes improvisados, ministros sin preparación y promesas que terminan en frustración. Por eso, cada vez que alguien intenta “patear el tablero”, muchos ciudadanos reaccionan con rechazo. No porque no valoren la protesta, sino porque ya están hartos de que la política se convierta en una pelea interminable donde siempre pierde el ciudadano común.

Además, hay algo que me parece especialmente grave: el intento de presentarse como víctimas permanentes. Cuando ganan, dicen que habló el pueblo. Cuando pierden, dicen que hay manipulación. Cuando las instituciones les dan la razón, celebran la democracia. Cuando las instituciones no les favorecen, las acusan de estar capturadas. Esa doble vara erosiona la confianza pública y convierte la política en un juego peligroso.

Un ejemplo sencillo puede ayudar a entenderlo. Imaginemos un partido de fútbol de barrio. Antes de empezar, todos aceptan el árbitro, la cancha, las reglas y el tiempo de juego. Pero al terminar, el equipo que pierde dice que ya no reconoce el resultado porque no le gustó el marcador. ¿Qué pasaría si todos actuaran así? No habría campeonato posible. Pues lo mismo ocurre con la democracia: sin aceptación de reglas comunes, no hay convivencia política, solo conflicto.

No sostengo que los procesos electorales sean perfectos. Ningún sistema humano lo es. Siempre pueden existir errores, actas observadas, procedimientos discutibles o reclamos legítimos. Pero una democracia seria tiene canales para resolverlos. Lo que no puede aceptarse es que el reclamo legal se convierta en una narrativa de confrontación nacional, como si el país entero tuviera que detenerse hasta que un partido acepte lo evidente.

La política necesita responsabilidad. Y la responsabilidad implica entender que no todo desacuerdo justifica una movilización, no toda derrota es fraude y no toda consigna representa al pueblo. El verdadero respeto al voto popular consiste en aceptar el conjunto del resultado, no solo las mesas donde uno gana.

En otras palabras, lo que estamos presenciando no es una narrativa en defensa de la democracia, sino una muestra preocupante de inmadurez política. Juntos por el Perú y Roberto Sánchez tienen todo el derecho de presentar reclamos dentro del marco legal, pero no tienen derecho a empujar al país hacia una incertidumbre innecesaria ni a confundir protesta legítima con presión política. La frase “de lo que nos salvamos” expresa algo más que rechazo electoral: expresa alivio ciudadano frente a una forma de poder que parece incapaz de respetar los límites democráticos. Nuestro país necesita oposición, sí; necesita fiscalización, también. Pero sobre todo necesita políticos capaces de perder sin incendiar la pradera. Porque una democracia no se mide solo por la limpieza de sus elecciones, sino por la madurez de quienes aceptan sus resultados.
Foto: Diario Expreso