Por Ubaldo Alvarez A ||

Este domingo 7 de junio, cuando me toque votar, no quiero mirar la cédula como un simple papel. Para mí, votar no es solo marcar una casilla, cerrar el sobre y regresar a casa. Votar es tomar posición frente al país que queremos dejarle a nuestras familias. Es decidir si vamos a defender la democracia, la libertad, la estabilidad y el derecho que tenemos todos los peruanos a vivir sin miedo, sin imposiciones y sin aventuras políticas que puedan costarnos demasiado caro. 

Cada vez que voto, siento que estoy ejerciendo una parte esencial de mi dignidad como ciudadano. Mi voto me recuerda que no soy un espectador pasivo de la historia, sino una persona con voz, con criterio y con responsabilidad. En una democracia, nadie debería tener poder absoluto sobre nosotros. Por eso el voto importa: porque es la herramienta más poderosa que tenemos para poner límites, exigir cuentas y decidir quiénes administrarán el poder en nuestro nombre.

Después de semanas de debates, entrevistas, confrontación de ideas y análisis de propuestas, creo que el país llega a esta elección con una pregunta de fondo: ¿queremos estabilidad democrática o queremos abrir una etapa de incertidumbre política, económica e institucional? No se trata únicamente de simpatías o antipatías personales. Se trata de mirar con seriedad las ideas, los equipos, los antecedentes, las alianzas y las señales que cada candidatura ha dado durante la campaña.

En esta segunda vuelta se enfrentan dos visiones claramente distintas. Por un lado, la candidatura de Roberto Sánchez representa una propuesta de izquierda que ha intentado moderar su discurso en la etapa final de la campaña. Sin embargo, a mi juicio, esa moderación deja más preguntas que certezas. Cuando una propuesta cambia de tono entre la primera y la segunda vuelta, el ciudadano tiene derecho a preguntarse: ¿cuál es el verdadero plan?, ¿el inicial o el corregido?, ¿el radical o el moderado?, ¿el que busca tranquilizar al elector de centro o el que responde a su base ideológica?

No considero responsable votar solo por promesas bien redactadas. En política, las palabras importan, pero las señales pesan más. Y una de las señales que más debe preocuparnos es la insistencia en cambiar la Constitución, especialmente en aspectos vinculados al modelo económico. Algunos dirán que una Constitución siempre puede debatirse, y es cierto. Ningún texto constitucional es intocable. Pero el problema no está en discutir reformas, sino en hacerlo en un clima de polarización, desconfianza e improvisación. Cambiar las reglas de juego de un país no es como cambiar el reglamento de una asociación vecinal. Afecta inversiones, empleo, precios, confianza, ahorro, créditos, negocios y hasta las expectativas de las familias.

Pongamos un ejemplo sencillo. Si una familia quiere abrir una bodega, comprar una máquina o invertir sus ahorros en un pequeño negocio, necesita cierta estabilidad. Necesita saber que mañana no cambiarán de golpe las reglas, los impuestos, la propiedad o las condiciones para trabajar. Lo mismo ocurre con una empresa grande, con un agricultor, con un emprendedor o con un joven que sueña con iniciar algo propio. Sin confianza, no hay inversión; sin inversión, no hay empleo; sin empleo, la libertad se vuelve solo una palabra bonita.

Por otro lado, Keiko Fujimori llega a esta elección con una historia política que también genera adhesiones y resistencias. Sería ingenuo negar que su figura divide al país. Sin embargo, en esta campaña ha buscado presentarse con un equipo técnico orientado a la estabilidad económica, la seguridad ciudadana y el fortalecimiento institucional. En mi opinión, en un momento de tanta fragilidad, nuestro país necesita menos experimentos y más capacidad de gestión. Necesita orden, inversión, empleo y respeto por las instituciones. No un salto al vacío.

Ahora bien, votar por una opción no significa cerrar los ojos ante sus errores o antecedentes. En democracia, ningún candidato merece un cheque en blanco. Quien gane debe ser fiscalizado desde el primer día. Pero una cosa es votar con vigilancia democrática y otra muy distinta es votar por una propuesta que puede abrir la puerta a una concentración de poder bajo el pretexto de “refundar” el país. La historia latinoamericana nos ha enseñado que muchas veces los proyectos autoritarios no llegan anunciando dictaduras; llegan hablando de justicia, pueblo, cambio y nueva Constitución. Luego, cuando concentran poder, debilitan instituciones, persiguen opositores y convierten al Estado en propiedad de un grupo político.

Por eso me preocupa cualquier candidatura que no marque distancia con discursos violentos, con personajes controversiales o con ideas que minimicen el respeto al orden democrático. La seguridad del país no puede ser administrada desde la revancha ni desde el resentimiento. Necesitamos combatir la criminalidad con inteligencia, justicia, policía fortalecida y Estado eficiente; no con discursos incendiarios ni con nostalgias autoritarias de ningún extremo.

También me preocupa que algunos ciudadanos voten desde el enojo, el cansancio o el castigo. Entiendo perfectamente la frustración. ¿Quién no está cansado de la corrupción, la inseguridad, los servicios públicos deficientes y la falta de oportunidades? Pero votar con rabia puede ser peligroso. La rabia señala problemas, pero no siempre elige soluciones. Antes de marcar la cédula, deberíamos preguntarnos: ¿este candidato garantiza estabilidad?, ¿respeta las instituciones?, ¿tiene un equipo preparado?, ¿sus propuestas son viables?, ¿mi voto protege o pone en riesgo la libertad de mi familia y a la libre expresión?

Para mí, la democracia no es perfecta, pero es el único sistema que nos permite corregir sin destruirlo todo. Es el espacio donde podemos protestar, criticar, exigir, votar distinto y cambiar gobiernos sin perder nuestras libertades. Defender la democracia no significa defender a políticos específicos; significa defender el derecho de todos a vivir sin miedo a que un gobernante concentre demasiado poder.

Este 7 de junio, el voto debe ser un acto de conciencia. No basta con escuchar slogans ni dejarse llevar por emociones de campaña. Hay que ir a las fuentes confiables para mirar el fondo. Hay que comparar propuestas. Hay que evaluar riesgos. Hay que pensar en el país real: en el comerciante que abre temprano su negocio, en la madre que busca seguridad para sus hijos, en el joven que quiere empleo, en el agricultor que necesita mercados, en el emprendedor que teme perder lo poco que construyó.

Finalmente, yo votaré pensando en la democracia, en la libertad y en la estabilidad. Votaré convencido de que el país necesita cambios, sí, pero cambios responsables; reformas, sí, pero sin destruir la confianza; justicia social, sí, pero sin poner en riesgo las libertades individuales, la propiedad ni la institucionalidad. Este domingo no solo elegimos a una persona para el Palacio de Gobierno. Elegimos un rumbo. Y cuando el futuro de un país está en juego, votar bien no es una opción: es una responsabilidad histórica. 
Foto: Andina