Por Ubaldo Alvarez A ||

La política, entendida en su verdadero significado, es mucho más que una competencia electoral o una lucha por ocupar un cargo público. Para mí, la política es una de las actividades humanas de mayor responsabilidad, porque de las decisiones de quienes gobiernan dependen el desarrollo de un pueblo, la calidad de vida de millones de ciudadanos y el futuro de las nuevas generaciones. Si gobernar significa crear condiciones para el progreso del Estado y garantizar bienestar para la población, resulta preocupante observar que muchos actores políticos parecen haber olvidado esta esencia fundamental.

A lo largo de los años, la ciudadanía ha construido una percepción negativa de la política porque con frecuencia observa que algunos políticos ingresan a esta actividad no por convicción de servicio, sino por intereses personales, económicos o de reconocimiento. Esta realidad genera una pregunta inevitable: ¿cuántas personas llegan a la política realmente pensando en resolver los problemas de la sociedad y cuántas lo hacen buscando una oportunidad para beneficiarse individualmente?

No podemos negar que existen políticos honestos y comprometidos, pero tampoco podemos ignorar que la pérdida de confianza ciudadana tiene razones concretas. Cuando un representante utiliza el poder para favorecer a familiares, amigos o grupos cercanos, deja de comprender que el cargo público no es su chacra, sino una responsabilidad entregada temporalmente por los ciudadanos.

El mayor error de algunos políticos es confundir autoridad con privilegio. Un funcionario público no está llamado a ser superior al ciudadano, sino a trabajar para él. Sin embargo, vemos con preocupación cómo ciertos grupos políticos se organizan alrededor del favoritismo, el compadrazgo y las relaciones personales, dejando de lado las verdaderas necesidades de la población. La política se convierte entonces en una lucha por imponer posiciones y mantener cuotas de poder, olvidando que su finalidad principal debe ser encontrar soluciones.

La democracia necesita debate y confrontación de ideas, pero el conflicto político debe tener un propósito positivo. Discrepar no significa destruir al adversario; significa buscar mejores alternativas para la sociedad. Un país no avanza cuando sus líderes están más preocupados en derrotar a otros que en resolver problemas como la inseguridad, la educación deficiente, la falta de empleo, la pobreza o la corrupción.

Creo, que fundamental que los partidos políticos recuperen una función que parece haber quedado relegada: la formación de verdaderos líderes públicos. Un partido no debería ser simplemente una organización creada para participar en elecciones; debería ser una escuela donde se formen ciudadanos con valores, conocimiento del Estado y compromiso con el bienestar colectivo.

Un político preparado no aparece únicamente durante una campaña electoral. Se construye con años de participación ciudadana, con ideas positivas, con presencia en su comunidad y con una trayectoria que demuestre interés por solucionar problemas reales. Resulta difícil comprender cómo una persona que nunca participó activamente en los asuntos públicos, que jamás presentó propuestas o que permaneció indiferente frente a las dificultades de su comunidad puede, de un momento a otro, presentarse como la solución para gobernar un distrito, una provincia o una región.

Actualmente observamos cómo muchos candidatos aparecen en los procesos electorales sin una historia visible de servicio y proyección a la comunidad. La pregunta que debemos hacernos como sociedad es: ¿qué hicieron antes de pedir nuestro voto? ¿Qué problemas intentaron solucionar cuando no tenían un cargo? ¿Qué acciones concretas demuestran su compromiso con la comunidad?

Es cierto que todo ciudadano tiene derecho a participar en una elección. La democracia permite que cualquier persona pueda aspirar a representar a sus vecinos; sin embargo, ese derecho debe ir acompañado de responsabilidad, preparación y vocación. Gobernar no es improvisar. Gobernar significa conocer la realidad, escuchar a la población, tomar decisiones difíciles y asumir consecuencias.

Por esa razón, estimo que los ciudadanos tenemos una responsabilidad fundamental: informarnos e investigar a quienes aspiran a representarnos. No basta con dejarnos convencer por discursos llamativos, actividades populares como polladas bailables o campeonatos deportivos, fotografías cuidadosamente elaboradas o promesas repetidas durante cada campaña electoral. Es necesario analizar su trayectoria personal, su conducta dentro de la sociedad, sus capacidades, sus antecedentes y en la medida de lo posible, conocer su formación desde etapas tempranas como la escuela o el colegio. Sobre todo, debemos identificar si poseen una auténtica vocación de servicio y un compromiso real con el bienestar de la comunidad.

Un pueblo informado es menos vulnerable a la manipulación política. La ciudadanía no debe esperar únicamente que los buenos gobernantes aparezcan; también debe participar activamente en la construcción de una mejor democracia. Elegir mal tiene consecuencias que pueden durar años, porque las malas decisiones de un gobierno afectan directamente la vida cotidiana de las personas.

Finalmente, el futuro de la política dependerá de que recuperemos una idea esencial: quien gobierna debe servir antes que beneficiarse. La política debe volver a ser una herramienta para transformar realidades, resolver problemas y construir oportunidades para todos. Los ciudadanos tenemos el deber de exigir mejores candidatos, pero también participar con responsabilidad en la vida pública. Un país no cambia únicamente con nuevos gobernantes; cambia cuando sus ciudadanos dejan de aceptar la improvisación y comienzan a valorar la preparación, la honestidad y la verdadera vocación de servicio. La política no debe ser vista como un camino hacia el poder, sino como un compromiso permanente con el bienestar de la sociedad.
Foto: Andina