Por Ubaldo Alvarez A ||

Cuando hablamos de la izquierda peruana, nos encontramos con un discurso cargado de emociones y promesas grandilocuentes. Se presentan como los defensores de la clase trabajadora, de los pobres, de aquellos que no tienen voz en la sociedad. Sin embargo, al analizar sus acciones y los antecedentes en otros países, la realidad es muy diferente a lo que prometen. Si algo he aprendido a lo largo de los años, es que las palabras son muy poderosas, pero también lo son los hechos. Y, lamentablemente, los hechos de muchos líderes de izquierda han mostrado una y otra vez que lo que predican no es lo que practican.

La izquierda peruana, como otros movimientos de izquierda en América Latina, utiliza un discurso cargado de emociones. “El pueblo”, “la clase trabajadora”, “los más desfavorecidos”. Se habla de la lucha de clases, del poder popular, de la necesidad de un cambio radical. Pero lo que está  detrás en esta retórica es una manipulación emocional, en la que los sentimientos y el desconocimiento de muchos ciudadanos son aprovechados para ganar apoyo. Los militantes de izquierda prometen refundar el país, luchar por la igualdad y la justicia social, pero no hablan de los detalles. 

En lugar de proponer soluciones concretas y viables, recurren a la promesa de soluciones rápidas y fáciles, como el anuncio de ciertos políticos de la izquierda peruana de repartir la reserva neta internacional del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP), un organismo autónomo. Esta propuesta es una muestra de la ineficiencia disfrazada de solución, un claro intento de ganar votos a costa de las instituciones y de la estabilidad económica del país. ¿Realmente creen que los problemas de un país pueden resolverse repartiendo nuestra reserva?

Cuando la izquierda no está en el poder, su labor se limita a distorsionar los hechos, victimizarse, recurrir al negacionismo y exagerar las dificultades del país. En lugar de reconocer los avances de una sociedad que ha trabajado arduamente por superar sus desafíos, se centra en la división. Los empresarios son presentados como los responsables de todos los problemas sociales y económicos, cuando en realidad son ellos quienes arriesgan su patrimonio y generan empleo. Recordemos que durante el gobierno de Pedro Castillo, se empezó a atacar a las empresas mineras formales. ¿Quiénes son realmente los que perjudican a los trabajadores? ¿El dueño de una empresa que ofrece empleo o un político que fomenta la desinformación y el odio? La realidad es que los empresarios son quienes contribuyen con impuestos al Estado, financiando servicios esenciales como la educación, la salud y la seguridad. Sin embargo, en lugar de reconocerlo, la izquierda prefiere retratarlos como los villanos de la historia.

Además, la cultura del trabajo se ve desmotivada cuando se promueve la idea de que los empleadores son “explotadores”. Este discurso no hace más que generar resentimiento y desconfianza, dividiendo aún más a la sociedad en lugar de unir. Las promesas de igualdad social y justicia social, que suenan tan atractivas, en realidad se traducen en una redistribución de la riqueza, en lugar de la creación de más riqueza. Como bien dijo Karl Marx, los problemas no se solucionan quitándole a los ricos, sino creando un sistema económico que permita a todos acceder a oportunidades de desarrollo.

Pero lo que más me indigna es la incoherencia y la hipocresía de los líderes de izquierda. Hablan de la riqueza de los Empresarios, critican el sistema capitalista y abogan por la expropiación de bienes y propiedades. Pero, curiosamente, muchos de estos líderes viven como millonarios. ¿Acaso no es curioso que el difunto Hugo Chávez, el líder Venezolano que más se mostró en contra de los ricos, haya acumulado una fortuna personal de 1.800 millones de dólares? O que Fidel Castro de Cuba, el mismo que proclamaba la lucha por la igualdad, tuviera un patrimonio de 900 millones de dólares mientras su pueblo sufría bajo un régimen totalitario. Hablan de la pobreza ajena, pero no de la propia, que claramente es intocable. La historia está llena de estos ejemplos: líderes de izquierda que critican el sistema que ellos mismos explotan.

Hoy, estamos viendo cómo algunos grupos de izquierda, como el liderado por Roberto Sánchez, siguen este mismo patrón. En lugar de enfocarse en la creación de empleo y el fomento de la inversión privada, apostar por el crecimiento económico, se dedican a criticar y descalificar a quienes arriesgan su capital para generar riqueza. Su modelo es el de la estatización de empresas, la destrucción del libre mercado, cambio de la Constitución Política del Estado y la concentración del poder. ¿Qué futuro le espera al país si estas ideas toman fuerza? No cabe duda de que si la izquierda radical llega al poder, los inversionistas nacionales y extranjeros huirán del país, llevándose su capital y sus empresas a lugares más seguros. Esto no es especulación, es lo que ha ocurrido en este régimen y en otros países de la región, donde el modelo socialista ha fracasado estrepitosamente.

Finalmente, la izquierda peruana, con sus discursos cargados de promesas vacías, su manipulación emocional y su hipocresía, no representa una solución a los problemas del país. En lugar de crear las condiciones para que la clase trabajadora prospere, se dedica a dividir y sembrar el odio. En lugar de generar nuevas oportunidades, se dedica a destruir lo que ya se ha logrado. La historia ha demostrado que los regímenes de izquierda no son la solución, y es hora de que los peruanos reflexionemos sobre las lecciones del pasado. El futuro de Perú depende de la estabilidad política y económica, y esa estabilidad no puede lograrse bajo un modelo que promueve la expropiación, el odio y la concentración del poder. La izquierda, en lugar de ser la respuesta, está demostrando ser parte del problema.
Foto: Búho