Por Ubaldo Alvarez A ||

Por años hemos repetido que el Perú es un país rico en recursos naturales. Lo decimos con orgullo, con esperanza y a veces, con resignación. Pero cada vez que observo las cifras del Producto Bruto Interno, me hago una pregunta incómoda: ¿de qué sirve tener gas, minerales, turismo, agricultura y cultura si no somos capaces de convertir todo eso en riqueza sostenida para la población?

Según el INEI, en 2024 Lima concentró el 42,4 % del Producto Bruto Interno del Perú. Mientras tanto, Arequipa aportó el 5,4 %, Cusco el 3,9 % y Puno apenas el 2,2 %. A primera vista, estas cifras podrían llevarnos a pensar que Lima produce más porque tiene más población o porque históricamente ha sido el centro político del país. Pero esa explicación se queda corta. En mi opinión, Lima produce más porque concentra el aparato económico moderno del Perú: industria, banca, comercio, logística, servicios profesionales, telecomunicaciones, universidades, hospitales privados, sedes empresariales y cadenas de distribución. Ese es el verdadero problema de fondo: el Perú no solo está centralizado políticamente; está centralizado productivamente.

No se trata únicamente de que las decisiones se tomen en Lima. Se trata de que gran parte de lo que mueve la economía nacional también está instalado allí. En Lima se encuentran muchas fábricas de alimentos procesados, bebidas, medicamentos, productos de limpieza, plásticos, textiles, cemento, muebles, maquinaria, productos metálicos y materiales de construcción. También están los bancos, aseguradoras, estudios de abogados, consultoras, empresas de transporte, operadores logísticos, importadoras, exportadoras y oficinas administrativas de compañías que operan en todo el país.

Entonces, cuando una empresa minera trabaja en el sur, muchas veces sus servicios financieros, legales, contables, tecnológicos o administrativos se contratan desde Lima. Cuando una región exporta productos agrícolas, buena parte de la gestión comercial, la logística, el financiamiento y la toma de decisiones puede terminar pasando por la capital. Por eso, Lima no solo produce por lo que fabrica; también gana por lo que administra, financia, conecta y controla.

Y aquí aparece una contradicción que me parece fundamental: el sur peruano tiene recursos, pero no siempre tiene cadenas productivas completas. Cusco tiene Camisea, Machu Picchu, minería y una identidad cultural extraordinaria. Puno posee minería, ganadería, agricultura, fibra de alpaca, quinua y comercio fronterizo. Arequipa tiene minería, industria, servicios y una posición estratégica. Sin embargo, en demasiados casos seguimos atrapados en un modelo donde se extrae, se vende y se transporta, pero se transforma poco. ¿Puede una región desarrollarse si solo exporta materia prima? ¿Puede un territorio ser realmente rico si otros concentran la transformación, la tecnología, la logística y las ganancias finales?

Tomemos el caso del gas. Si el gas se extrae pero no se convierte en fertilizantes, petroquímica, plásticos, energía barata para fábricas o insumos industriales, entonces el valor agregado se queda corto. Lo mismo ocurre con los minerales. Si salen como concentrados y no impulsan una industria metalmecánica fuerte, proveedores regionales, centros tecnológicos o manufactura especializada, la región recibe ingresos, sí, pero pierde la oportunidad de construir una economía más compleja. También pasa con la agricultura: vender materia prima puede generar movimiento, pero procesarla, empacarla, certificarla, industrializarla y exportarla con marca propia genera mucho más empleo y riqueza.

Por eso considero tan importante mirar el ejemplo de Ica. Ica no tiene Machu Picchu ni Camisea y aun así aportó el 4,3 % del PBI nacional, más que Cusco. ¿Qué hizo diferente? Desarrolló una agroindustria exportadora fuerte, articulada con riego, empresas, transporte, empaque, cadena de frío, comercio exterior y empleo formal. Uvas, paltas, arándanos y espárragos no se convirtieron en riqueza por casualidad. Detrás hubo inversión, tecnología, gestión empresarial, infraestructura y conexión con mercados internacionales.

Ese ejemplo nos deja una lección clara: no basta con tener recursos; hay que convertirlos en cadenas productivas. Una región puede tener minerales, gas, paisajes hermosos o tierras fértiles, pero si no construye industria, servicios especializados, infraestructura y capital humano, seguirá dependiendo de ciclos de precios, decisiones externas y promesas políticas.

El sur peruano debe dejar de pensarse solo como proveedor de recursos naturales y empezar a verse como un espacio de transformación económica. Cusco no debería conformarse con ser destino turístico y territorio gasífero; debería aspirar a industrias vinculadas al gas, a parques industriales, a tecnología aplicada al turismo, a producción energética y a servicios especializados. Arequipa debería consolidarse como un polo metalmecánico, minero, tecnológico, universitario y logístico del sur. Puno debería desarrollar con mayor fuerza su ganadería, lácteos, fibra de alpaca, quinua, comercio fronterizo, turismo e industria alimentaria.

Pero aquí también quiero ser claro: industrializar no es repetir una palabra bonita en la campaña electoral. Industrializar exige carreteras asfaltadas, trenes de carga, aeropuertos modernos, conexión real con puertos, energía segura y barata, agua, internet de calidad, seguridad jurídica, menos burocracia y autoridades que entiendan que espantar la inversión es condenar a la población al estancamiento y a la pobreza.

También exige educación técnica. Una región no se transforma solo con discursos patrióticos. Necesita soldadores, técnicos agroindustriales, operadores de maquinaria, ingenieros, electricistas, mecánicos, especialistas en alimentos, programadores, administradores, expertos en comercio exterior y profesionales capaces de sostener empresas modernas. Si queremos más industria, debemos formar a la gente que esa industria necesita.

A veces escucho decir que el desarrollo debe venir solo del Estado. Otras veces, que todo debe resolver el mercado. Yo creo que ambas miradas son incompletas. El Estado debe crear condiciones: infraestructura, seguridad, reglas claras, educación y planificación de largo plazo. El sector privado debe invertir, innovar, asumir riesgos y generar empleo. Las universidades deben investigar y formar profesionales con alta capacidad para la economía regional. Y la ciudadanía debe comprender que sin empresa, sin inversión, sin estabilidad y sin trabajo formal no hay desarrollo sostenible.

El sur peruano tiene una oportunidad histórica, pero también una responsabilidad. No puede seguir esperando que Lima le devuelva lo que el modelo centralista le quitó durante décadas. Debe exigir descentralización, sí, pero también debe construir capacidades propias. Debe pedir inversión pública, pero también atraer inversión privada. Debe defender sus recursos, pero también aprender a transformarlos. Debe valorar su identidad, pero sin convertirla en excusa para rechazar la modernización. La pregunta de fondo no es por qué Lima produce tanto. La pregunta más urgente es: ¿qué estamos haciendo para que el sur produzca más, transforme más y dependa menos? Porque una región no se vuelve próspera solo por tener riquezas bajo el suelo, paisajes admirables o historia milenaria. Se vuelve próspera cuando convierte esos recursos en empleo, tecnología, empresas, conocimiento, exportaciones, infraestructura y bienestar.

En resumidas en cuentas, la concentración económica de Lima no se explica únicamente por el centralismo político, sino por la acumulación de industria, comercio, finanzas, logística, telecomunicaciones y servicios especializados. El sur peruano tiene recursos suficientes para crecer mucho más, pero necesita dar un salto decisivo: dejar de vender principalmente materia prima y empezar a producir bienes y servicios de mayor valor agregado. La naturaleza puede entregar gas, minerales, tierras fértiles y paisajes turísticos; pero el desarrollo lo construyen las personas, las empresas, el Estado y las instituciones. Si el sur quiere pesar más en la economía nacional, debe industrializar con inteligencia, formar talento, atraer inversión y construir cadenas productivas propias. Solo así dejará de ser visto como una despensa de recursos y empezará a ser reconocido como un verdadero motor de desarrollo del país.