El daño causado por el comunismo al mundo es incalculable. En cada país al que llegó al poder, fue para tratar de no irse o, simplemente, perpetuarse más de medio siglo, como es el caso de Cuba.
En el siglo XX, los regímenes comunistas fueron responsables de la muerte de más de cien millones de personas, más que las bajas de las dos guerras mundiales combinadas. Estimaciones como las de Rudolph Rummel, experto en “democidio” o asesinatos por gobiernos, elevan la cifra de muertes por regímenes comunistas a más de 148 millones de seres humanos.
El Nobel de Literatura de 1970, Aleksandr Solzhenitsyn, testigo del Gulag, sentenció: “Ser comunista, inteligente y bueno es totalmente incompatible”. GULAG es el acrónimo en ruso de Glávnoye Upravleniye Lagerey —Dirección General de Campos—. Fue el sistema de campos de concentración y trabajo forzado de la Unión Soviética, que en la práctica era un inmenso sistema de prisiones políticas y esclavitud estatal.
La Unión Soviética mató a decenas de millones con hambrunas planificadas, gulags y purgas. China, bajo Mao, dejó entre 65 y 80 millones de cadáveres por el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural. Camboya vio morir a casi un tercio de su población bajo los Jemeres Rojos.
Tras más de 60 años de dictadura, Cuba mantiene racionamientos, apagones constantes y un éxodo masivo, y el 88 % de los cubanos sobrevive en pobreza extrema, mientras sus líderes y las familias de Fidel y Raúl Castro acumularon fortunas billonarias e inmenso poder. Nicaragua, Corea del Norte y Venezuela repiten el mismo guion siniestro de represión, escasez y éxodos masivos.
Venezuela es el caso más doloroso y reciente. Pese a contar con las mayores reservas petroleras del mundo, pasó de un relativo bienestar a una hiperinflación de 63 000 % en 2018. Venezuela es sinónimo de más de ocho millones de refugiados. La élite chavista-madurista —incluidos familiares y amigos— se enriqueció con el tráfico de oro ilegal y la gigantesca empresa petrolera PDVSA, al punto de destruirla.
No importa lo que diga falsamente un candidato comunista en campaña: siempre aplicará la misma receta. Primero expropian y controlan la economía en nombre del “pueblo”. Luego, la ineficiencia genera escasez, lo que lleva a más control, represión de disidentes y de la prensa libre, y una nomenclatura que vive en la opulencia. Todo esto mientras predican austeridad socialista.
En el Perú ya conocemos el preludio: los años setenta fueron de expropiaciones, de empresas estatales saqueadas, de una economía que tambaleaba y de más pobreza. Revivir fórmulas de intervencionismo radical, asamblea constituyente refundacional y plurinacionalidad es amnesia suicida o ignorancia.
Rechazar el comunismo es lealtad a nuestra propia libertad de pensamiento, a nuestras familias y amistades y, principalmente, al suelo que nos vio nacer. El Perú, como toda tierra que trabaja, produce y sueña, aspira a un futuro en libertad, con orden y con oportunidades.
Del comunismo no hay nada rescatable ni bueno que mostrar, salvo cuando su estrepitosa caída revela la burla de ese sistema de odio y mediocridad.
Columnista de Diario Expreso
Foto: Red Historia