Durante mucho tiempo, hemos observado los grandes cambios del mundo desde cierta distancia. Mientras otras naciones fortalecían sus alianzas, modernizaban sus sistemas de seguridad y desarrollar estrategias frente a nuevas amenazas, el Perú atravesaba un periodo de incertidumbre política que limitó su capacidad de participación e influencia en el ámbito internacional.
En ese contexto, la visita del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, adquiere una importancia que va más allá de una simple reunión diplomática. Representa una oportunidad para reflexionar y debatir sobre el papel que el Perú desea asumir en un escenario global cada vez más cambiante, competitivo y desafiante.
Frente a esta situación, pienso que el Perú necesita fortalecer una política exterior basada en alianzas estratégicas, cooperación internacional y una defensa firme de sus intereses nacionales. No podemos enfrentar desafíos como el narcotráfico, la minería ilegal, el crimen organizado y otras amenazas transnacionales actuando de manera aislada. En un mundo donde los problemas atraviesan fronteras, las soluciones también deben construirse desde la cooperación y el trabajo conjunto entre países.
La presencia de Estados Unidos en la región refleja una preocupación que no puede ser ignorada: el crecimiento de redes criminales con capacidad económica, tecnológica y operativa que superan las estructuras tradicionales de seguridad. Ya no hablamos solamente de delincuentes locales, sino de organizaciones que tienen conexiones internacionales, controlan rutas ilegales y afectan directamente la estabilidad de los Estados.
Frente a esta realidad, me pregunto: ¿puede un país como el Perú combatir solo amenazas que tienen alcance continental? La respuesta, es negativa. La cooperación con organismos internacionales, el intercambio de inteligencia y la coordinación entre países no representan una pérdida de soberanía; por el contrario, pueden convertirse en herramientas para protegerla.
El caso peruano es especialmente importante porque enfrenta problemas internos que han crecido durante años. El narcotráfico, la minería ilegal y las mafias dedicadas a la extorsión no solamente generan violencia, sino que también afectan la confianza ciudadana en las instituciones. Cuando una organización criminal logra controlar territorios, corromper autoridades o imponer miedo en comunidades enteras, el problema deja de ser únicamente policial y se convierte en un desafío para el Estado.
Sin embargo, es necesario mirar este acercamiento internacional con equilibrio. Algunos podrían argumentar que una mayor cooperación con Estados Unidos puede generar dependencia o condicionamientos externos. Esa preocupación merece ser escuchada, porque toda relación internacional debe construirse respetando los intereses nacionales. Pero una alianza no debe entenderse como subordinación cuando existe una negociación basada en objetivos comunes. La pregunta fundamental es otra: ¿qué pierde más el Perú, cooperando con aliados estratégicos o permaneciendo solo frente a amenazas que no puede controlar completamente?
La respuesta parece evidente. La seguridad, la inversión y la estabilidad institucional requieren decisiones de largo plazo. Nuestro país necesita dejar atrás los ciclos de aislamiento y recuperar una visión estratégica que combine defensa nacional, crecimiento económico y fortalecimiento democrático.
Reitero que la visita de Marco Rubio debe ser entendida como una oportunidad para replantear nuestra posición internacional. No se trata únicamente de acercarnos a un país determinado, sino de recordar que las naciones que avanzan son aquellas capaces de construir puentes, defender sus intereses y adaptarse a los nuevos desafíos.
Al final, la verdadera pregunta no es solamente qué busca Estados Unidos en el Perú, sino qué queremos nosotros como país. ¿Queremos seguir reaccionando ante las crisis o queremos anticiparnos y construir una estrategia propia? Recuperar un lugar en el escenario internacional dependerá de nuestra capacidad para tomar decisiones firmes, responsables y orientadas al futuro. El Perú necesita volver a ser protagonista, no espectador, de los cambios que definirán su destino.
Foto: Andina