Por Ubaldo Alvarez A ||

Es alarmante observar en las redes sociales como en la televisión convencional, el odio y la intolerancia hacia ciertos candidatos alcanzan niveles desbordantes, especialmente en regiones como el sur de nuestro país. El comportamiento de algunas personas, que se sienten autorizadas a atacar y denigrar a los políticos, tanto verbal como físicamente, refleja una polarización creciente y una alarmante falta de respeto en nuestra sociedad. Como seres humanos, ¿no sería más sensato escuchar las propuestas de todos los candidatos a la presidencia y, sobre todo, evaluarlas con un mínimo de objetividad? El rechazo visceral hacia quienes intentan presentar sus planes de gobierno.

Los ataques directos, las agresiones físicas y los comentarios llenos de odio no tienen cabida en una sociedad que se dice civilizada. Si algo nos debería caracterizar como seres humanos es la capacidad de ser empáticos, tolerantes, de escuchar y reflexionar antes de actuar. Sin embargo, en las redes sociales y Tv, este tipo de comportamientos se han vuelto moneda corriente, especialmente cuando se trata de personas que, supuestamente, ocupan posiciones de influencia en la sociedad, como profesionales y exautoridades. ¿Cómo es posible que personas con formación académica y experiencia no sepan autorregularse emocionalmente y caigan en el juego del desprestigio mutuo? Al compartir una publicación con la intención de fomentar el diálogo o aportar una reflexión, en muchos casos, lo que recibimos a cambio son ataques llenos de insultos y desprecio.

Esto no debería ser así. Las elecciones son una oportunidad para que todos los ciudadanos, sin distinción, podamos conocer las propuestas de los candidatos, evaluar sus planes y finalmente, elegir al que consideremos más adecuado para liderar el país. Sin embargo, ¿cómo podemos hacer una elección consciente cuando la polarización y la hostilidad no nos dejan ver más allá de nuestras propias ideas preconcebidas? El comportamiento irracional de aquellos que, en lugar de debatir con argumentos, optan por el ataque físico y verbal, nos están llevando por un camino muy peligroso. Las piedras y los huevos lanzados en nombre de la política solo demuestran lo lejos que estamos de alcanzar un verdadero proceso democrático.

El malestar con los gobernantes actuales es algo que se ha acumulado durante años. La falta de capacidad, las decisiones improvisadas y la corrupción que permea todos los niveles de gobierno han generado un malestar generalizado en la población. Es comprensible que la gente quiera un cambio, pero la forma en que reaccionamos ante este deseo de cambio es fundamental. ¿De verdad pensamos que el rechazo violento es la respuesta a nuestros problemas políticos? ¿Es esto lo que queremos como sociedad? La democracia, por su naturaleza, requiere que respetemos las reglas del juego, que aceptemos la diversidad de opiniones y que evaluemos con seriedad las propuestas de los candidatos, aunque no compartamos todas sus ideas.

Es cierto que el debate presidencial, tal como se ha presentado en los últimos tiempos, no ha sido el más adecuado para que los electores puedan conocer a fondo las propuestas de los candidatos. Pero no se trata de un concurso de oratoria o de ver quién tiene el discurso más persuasivo. El verdadero reto está  como ciudadanos somos capaces de filtrar la información y tomar decisiones basadas en datos reales y propuestas concretas. La responsabilidad de elegir al próximo presidente recae en nuestras manos y debemos actuar con seriedad. No basta con dejarse llevar por las emociones del momento o por el impacto de una frase bien dicha. La política es más que eso.

En lugar de caer en la trampa de la polarización y el odio, como ciudadanos debemos exigir un debate limpio y respetuoso. No debemos permitir que la desinformación y las agresiones nos impidan tomar una decisión racional y reflexiva. Es hora de que superemos los cinco años perdidos bajo la gestión de presidentes improvisados y sin capacidad y comencemos a pensar en soluciones a largo plazo. La democracia es un ejercicio de poder, pero también de responsabilidad. La opción correcta no es la que lanza piedras, sino la que construye propuestas para mejorar nuestro país.

Finalmente, como ciudadanos tenemos el poder y la responsabilidad de elegir el mejor destino para nuestro país. No se trata de quién grita más fuerte, sino de quién tiene las mejores ideas para mejorar nuestra realidad. Este próximo quinquenio es una oportunidad para pensar con seriedad sobre el futuro que queremos construir y debemos aprovecharla con madurez y respeto, sin caer en la trampa del odio y la violencia.